El coronel Peláez

El coronel Peláez come igual que los cerdos. Igual de marrano que los cerdos de la pocilga de casa. Pero el coronel Peláez no es un cerdo. El coronel Peláez es más grandote y feúcho. Y tiene cara redonda de tontorrón. Y solo pone los orejones tiesos y los ojos de pillo cuando huele tarta.
No, coronel Peláez,
no se mira así la tarta.
Malo, coronel Peláez.
Malo.


Mientras almorzamos vigilo la tarta que se enfría en la repisa. Antes mi madre olvidaba los postres. Pero ahora despiertas respirando canela. Y si el aire se empapa de canela es porque trapichea en la cocina. Mi madre. Con el coronel Peláez rondando. Sal de la cocina, que eres un borrico de alto, y tienes el rabo largo, y no paras de zumbarlo, y lo vas a tirar todo, ¿ves?, ¡todo por los suelos!, y la harina, y los huevos rotos, y el tarro de mermelada de fresa, y las manzanas...
Sal de la cocina, coronel Peláez.
Vente a la mesa.
Malo,
coronel Peláez, malo.


Zacarías dice que el coronel Peláez no es tontorrón, porque caga zurullos de grandes como los de una persona, y si cagas grande como una persona tienes su mismo entendimiento, que al coronel Peláez solo le falta hablar. Zacarías sí que es listo como un ministro. Sabe cuándo va a llover y por qué. Sabe ponerle nombres a las nubes, nombres que no las descosan. Y me enseña las palabras bien escritas. Y los números justos para que no se me abolle la cabeza. Que si no me quieren en la escuela, mejor, que la escuela escacharra el pensar, y que un tonto que piensa con tino vale más que los inteligentes que piensan regular. Y repica mil tonadas con la botella de gaseosa. Y suena la armónica soplando con la nariz. Y me lo enseña todo sin tocarme. Porque no quiero que me toque nadie. Zacarías lo sabe, sin decírselo, porque es listo como un ministro. Pero el coronel Peláez, no. El coronel Peláez es tontorrón. Y me achucha con su cabezota de borrico para que me vaya, para que lo deje solo con la tarta, en la repisa, en la cocina...
¡Sí, claro!
No, coronel Peláez, no me voy
que te la comes entera
de un bocado.
Malo, coronel Peláez.
Malo.


Mi madre compra cada mañana la última en el colmado del aserradero. «Señor Zacarías, le apetecerá pasarse a almorzar». «Me apetecerá, señora Candela, agradecido quedo». Zacarías mira a mi madre como el coronel Peláez las tartas, con cara de pillo y los orejones tiesos. Pero Zacarías no come igual que el coronel Peláez. Zacarías come con educación y tenedor. Aunque se le escurran los cubiertos. Porque casi no tiene manos de tan pocos dedos. Los perdió en el aserradero. Mi madre no le cuenta los dedos a Zacarías cuando le endereza la flor del pelo. Y se pone colorada como una manzana que pide chupetones antes de los mordiscos. ¡Clinc!, ¡clinc!, ¡clinc!, ¡otra vez al suelo!
No, coronel Peláez, malo.
No se lamen los cubiertos,
trae,
trae coronel Peláez,
que son de Zacarías.


«Gracias, Nati».


Zacarías se deja el vaso de vino siempre a la mitad. Y cuando rebaña el plato lo rebaña pinchando el pan con el tenedor. Y pide permiso para todo porque esta no es su casa. Y le dice a mi madre cosas del color del pelo, y cosas de los ojos, y cosas de que se abrigue que ya refresca, y cosas de que esta noche iremos a la feria. «¿Quieres que esta noche vayamos los tres a la feria, Nati?». Bueno, vale, pero no me despistes, Zacarías, que estoy vigilando al coronel Peláez, ¿ves?, ya vuelve a la cocina.
No, coronel Peláez.
Malo.
Aún falta que se enfríe.
Y primero hay que comerse las gachas que matan el hambre.
Malo, coronel Peláez.
Malo.


«¿Has acabado, Nati? Hoy tardará en enfriarse, ¿por qué no lo sacas fuera un rato? No te olvides la bolsa». Y me llevo al coronel Peláez a la calle, porque si no se zampará la tarta. Como los cerdos. Hundiendo los hocicos. Y ya no habrá postre. Y los olores a canela se perderán. Como cuando mi madre no cocinaba tartas. Coronel Peláez, ahora nos tenemos que ir porque eres malo, no me des el culo y escúchame. Pero el coronel Peláez no me escucha, camina tan tranquilote, allá delante, meneando su culazo enorme, y me tira pedos.
No me tires pedos, coronel Peláez.
Malo,
malo.


Por la calle Real vienen el Lentejas y el Yetas a meterse con el coronel Peláez. Y le dicen gordo. Y burro. Y el coronel Peláez no les hace caso. Les apunta con su culazo enorme y se tira más pedos que ahora huelen a pestes. «¡Guarro, guarro!», se tapan la nariz el Lentejas y el Yetas. Y como no pueden nada contra el coronel Peláez se meten conmigo. «¿Y tu padre?, niña de la pocilga, ¿y tu padre?» «¡No tienes padre porque hueles a cerdo, niña de la pocilga, hueles a cerdo!». Yo salgo disparada detrás del coronel Peláez, para que el Yetas y el Lentejas no me ensucien la cara de barro ni me tiren por el barranco de la cal. «¡Niña de la pocilga no corras!, ¿y tu padre?, ¿y tu padre?». Mi padre ya no volverá más de pronto, por la noche, porque se le cayó la cara sobre mis muslos. Yo me subí las braguitas y busqué a mi madre. «¡Mama, el coronel Peláez le ha arrancado la cara!». Y mi madre: «¡vete a por Zacarías, ligera, dile que venga!». No, por ahí no, coronel Peláez, que son los lugares lindos del pueblo,
y te cagarás,
que te conozco,
y tendré que recoger el cagarro para que la gente no nos llame cerdas.
Por aquí, coronel Peláez,
por aquí.


Pero es por allí, por donde le sale al coronel Peláez. Y yo detrás. A la fuente del Domingo. A la plazoleta de la escuela recién encalada. A los Correles, donde los jazmines de la iglesia explotan en olores caros. Al prado del Pantanillo, donde se merienda por cuatro pesetas los que tienen cuatro pesetas. Y va el coronel Peláez y se caga en la ribera del arroyo de los Cármenes, en el jardín de la viuda del alcalde. Coronel Peláez, no dejes la mierda ahí, que luego la gente la pisa, y dice que volvemos negra el agua de la fuente, y que hay que pintar de nuevo la escuela, y que secamos los jazmines, y que apestamos la iglesia.
¿Ves?, coronel Peláez,
tú tienes la culpa de que la gente nos cante «¡guarras, guarronas, la niña y la solterona!» y nos dé sus cerdos para que los cuidemos lejos, lejos de lo lindo del pueblo, y que no lo apesten a pobre. Porque te cagas donde te viene en gana.
Y eso es de puercos.
Coronel Peláez, marrano,
marrano
de la marranería.


Zacarías se lo regaló a mi madre. Cuando era pequeño. Entonces el coronel Peláez no cagaba grande. Ahora hay que recogerle los zurullos que va plantando por ahí. Y mientras empujo el cagarro con un palo para meterlo en la bolsa me preocupo. Porque caga mayor que yo. Cuando Zacarías, en el aserradero, cortó en cachos pequeños a mi padre sin cara también lo metimos en bolsas. Como los cagarros del coronel Peláez. «Cuidado, Nati, no te manches el vestido, que es el de los domingos». Porque mi madre no me perdona que me manche el vestido de comulgar. Las dos. A solas. En la sacristía. Guapas y limpias. «Que no, que no me mancho, que ya soy grande y no me mancho como las crías chicas». Y tiro el cagarro del coronel Peláez al salir del pueblo, sin mancharme ni una mijilla. Como cuando llevaba las otras bolsas. No, coronel Peláez, no persigas libélulas ni sacudas la cabezota,
que estornudarás
y soltarás babas
y me mancharás el vestido,
y esta noche toca feria, que Zacarías conoce a los feriantes
y nos dejan pasar a la hora de cerrar.
Malo, coronel Pe… ¿adónde vas?
¡Eh, coronel Peláez!,
¡¿adónde vas?!


A casa. Ya volvemos a casa. Pero el coronel Peláez se detiene en la portezuela de la cerca. Pone los orejones tiesos. Y se tumba. En medio de la portezuela. Y no me deja pasar. Quita coronel Peláez, quita. Que ya debe estar fría. ¿No quieres tarta, coronel Peláez? ¿No quieres tarta?
Pues no, que ahora le apetece tumbarse.
No te duermas coronel Peláez. Por favor, no te duermas.
¡Malo,
coronel Peláez, malo!
Y le empujo, y le empuuuuujo, pero no lo muevo. Y le muerdo el rabo. Y le retuerzo los orejones. Y me rindo. Porque el coronel Peláez es malo.
Y tontorrón.
Y ya se le pasará.
Y me acuesto sobre él. Y mastico una hierba. Y le pongo nombres de pintores a las nubes. Y repaso las tablas de multiplicar que me enseñó Zacarías. Y que había se escribe con h. Y que la capital de Francia se llama París. Y que la lluvia sube del mar. Y que los mamíferos se vuelven mamíferos porque chupan la leche de las tetas de sus madres. Y que los pescados respiran agua. Y que América la inventó Colón. Y toco “ojos verdes” soplando la armónica con la nariz. Hasta que me pego un coscorrón porque el coronel Peláez se ha levantado de golpe y ya menea su culazo enorme hacia la casa.
Y yo detrás.
¡Espera, coronel Peláez, espera!


Y mi madre se está atando el delantal. Y tararea la tonada de la canela. Con el colorado de la cara a reventar de manzana. Y se recoge el pelo como cuando recorta los bordes de las tartas para que queden bonitas. Y Zacarías se peina la calvorota pelirroja. Y silba la tonada de la canela. Y me manda un beso en su mano de pocos dedos. Pero el primero en comer tiene que ser el coronel Peláez. Si no brinca sobre la mesa y la destroza. Y mi madre le sirve un pedazo de tarta en su platina. Despacito, coronel Peláez, despacito, que te durará más. ¿A que sí, Zacarías?, ¿a que si masticas despacito te durará más? Pero no. El coronel Peláez es tontorrón. En vez de despacito, todo son chupetones marranos y ensuciarse los hocicos de mermelada de fresa. Como los cerdos del pueblo comiéndose los cachos del alcalde.








Robert Doisneau

1 Comentario:

P MPilaR dijo...

* voy a chivarme al Zaca
y le planto en la cara
toda la verdad.*

pero toda

---P-----R---

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