7/11/2018

Aeroplano con bicho (1)

Dadme un punto de apoyo y moveré la Tierra

Mi madre ha pintado un sol.
Bellísimo.
Con sus destellos rizados, su sonrisa larga,
sus bigotes de gato,
acurrucado entre las nubes
para que se caliente y nos caliente.
Me lo ha regalado.
Y me ha dicho: ojalá hubiera tenido un hijo como tú.


Juana María de las Penas, la Santera, y Antonio el Rancio


Se amarillea la atardecida como arisca cena en familia. También ayuda lo suyo la hilera de meones callejeros. Nicotina de barrio a chorros.

La Bodeguilla, descontenta y sigilosa, contagia la carraspera crónica de las pinturas de Caravaggio. Ninguno de los que han venido están. Parroquia de extraños que beben desde sus taciturnas extrañezas. Los cristales viejos de los vasos aceitan el contenido líquido. En sus cantos se cuaja mediante salivosas estalagmitas el ADN de los usuarios precedentes.

Las colillas se quejan cuando son importunadas por el estéril trajín del convicto a la hora del patio. Provocan la compasión del mendigo despertado en cajero. Los meditabundos desconchones debaten con senil desatención sobre si el tiempo pensado fue mejor. El metal de la tornillería se oxida al son del hueso que pierde calcio. El ventilador marea roña. Ni el váter ni agosto admiten ya devoluciones.

La tarde, de punta a punta del local, nos convida al embeleso adivinatorio de un cuadro inacabado. También a ser indulgentes con el pulso del autor. De repente, Bodeguillo, el perro retuerto, esparcido en todo el frescor de las baldosas, tiesa los orejones. Lo ha alarmado Antonio el Rancio que se arrima a la barra a cobrar el servicio. Avinagrado lo recibe Eloy Jáquez Mercado, el propietario del establecimiento.

—¿Ya?
—No te molestará en años, Eloy. Estate tranquilo.
—No sé yo...

Antonio acumula el extenso historial web del chucho apaleado. Se huele lo peor.

—¿No me vas a pagar el servicio?
—No sé yo...
—¿Di?
—No sé yo...
—¿Que digas, joder?
—Tu vieja me ha hecho mucho bien. Me pedía un brazo y se lo daba.
—¿Y?
—Que de ella me fiaría. Pero tú eres tú, Rancio.
—Yo hago lo que me manda.
—Vamos, Rancio, si está más pallá que pacá.

El Rancio planta sobre la barra la caja de herramientas. Sus ojeras de cárdeno yonqui miran a las ojeras papada que Eloy despliega en corrimiento de carnes.

—¿Le digo entonces que no pagas el servicio?

Juana María de las Penas, la Santera, abandona la bodeguilla apoyándose en el brazo del Rancio.

—¿Quién es usted, gentil caballero?
—Su hijo —Antonio cuenta 60 euros en billetes de 5 y calderilla. El rostro risueño de la Santera se encapota y recobra la edad.
—Mi hijo se me murió de endrogarse y de irse con el puterío malo.




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1 Comentario:

P MPilaR dijo...

Sin punto de apoyo y as orejas a medio pelo no se me ocurre como arreglarvy desarreglar los frenesís de Antonio