¿Eso quién? (VIII)

A la de tres. Tomó impulso, agachó la testuz y le endiñó un brutal cabezazo a la tapia. Ganó la apuesta, pero Iñaki Azcárate quedó menguado para los restos.

Vivía comío de piojos y liendres en la azotea de la pensión Ureña, en un abandonado palomar al pie de un ruinoso cartelón de Telefónica. Aunque la mayor parte de la jornada se la fumaba en las escaleras del Águeda. Impasible, revuelto hacia sus cavilaciones y con un observar ciego que cuando atinaba contigo te enderezaba el vello.

—Te enfoca y te crees en cueros.
—O descubierto.
—Con los embustes al aire.
—Yo, con tal de no tropezármelo, doy rodeos.
—De haber caridad se le mataba.
—¿Por?
—Por lo que debe padecer un hombre así.

La indolencia y el ánimo en sombras se le esfumaban a Iñaki en cuanto que un perro extraviado de otros distritos aparecía por La Ventolera. Lo dominaba, entonces, un ilusionado frenesí. Acechaba al chucho lo que fuera menester y mediante mimos, perseverancias y taquitos de jamón lo atrapaba. Lo subía a su palomar y lo arrojaba por la baranda.

—¿Tú por qué lanzas perros desde la azotea, Iñaki?
—Porque rebotan que te tronchas.

Y sí, rebotaban. Parece ser que nació retirado, por algún Norte, pero lo apodaron «Despeñaperros».




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