Cuarto milenio

—Los marcianos se presentaron en helicóptero.
—¿En helicóptero?
—Sí.
—¿Con hélices y trocotroc?
—Sí.
—Mal empezamos el embuste.
—¿Por?
—Porque lo propio de los marcianos es que se alleguen en nave espacial.
—Vale, ¿y si me piden cómo era la nave espacial?
—Pues respondes que con luminarias, a la manera del pueblo en fiestas.
—¿Y dónde tenía puestas las hélices?
—¡Que no contri, que no hay hélices!
—Y echaba a volar por su cara bonita.
—Motores.
—¡Liaría un escándalo!
—Que no, que son motores silenciosos.
—¿Motores silenciosos? Cristóbal, amánsate, que eso no se lo cree nadie: si es silencioso, ya no es motor.
—Rediós, que hay motores silenciosos, Adelino, copón.
—Vale, ponle tú que el Benavides, con lo rallante y tocahuevos que es, me pregunta, que fijo lo hará, ¿cómo aguantaba la nave en los cielos? Y yo le doy la contestación que por motores. Y él me sale con que no oyó nada. Y yo le digo que porque eran silenciosos. ¿Sabes adónde me mandará? A tomar por culo con motores silenciosos.
—Atiende, si el Benavides se embalara, tú te acuerdas de su difunta madre. Para que él te mienta la tuya. Y os enganchéis. Y se organice alboroto. Y cuando se acaben los achuchones de los que vinieron a separar ya se habrá traspapelado del porqué fue la riña. Sigue.
—Uf, no estoy yo muy conforme en eso de mentar las madres, Cristóbal. Ni mentársela a nadie ni que vengan a mentarme la mía.
—Arrea, Aurelio, que nos darán las uvas.
—Se bajaron dos marcianos con un cabezón enorme y sin casco.
—Ponles casco.
—Entonces que sean cabezas normales, porque cascudos y cabezones no se aguanta de feo.
—Vaaale, tiraaa.
—Tenían brazos y piernas larguiruchos, y eran macho y hembra.
—¡Cómo van a aparecer los marcianos en cueros!
—Que no, Cristóbal, que eso lo he pensado, han aparcado en la era del Heredia a mear, y entonces uno mea de pie y el otro agachado.
—Ah, pues píntalos que bajen con prisas. De hacérselo encima.
—A la vuelta me ven. Y me saludan. Y echamos un rato de conversación.
—¿Con palabras?
—No, de pensamientos. Muy limpios los dos. Muy educados.
—¿Tenían ojos?
—Tres, pero por encima del entrecejo.
—¿Y tetas?
—De poco tiento.
—¿Cuándo se acaba el mundo?
—Los marcianos no lo sabían. Ni los números de la lotería. Así me quito de en medio a más de uno que estarán a la que salta.
—Bien cavilado. ¿Y sobre qué fue la conversación?
—Sobre la calor, lo a gusto que se mea cuando aprietan las ganas...
—¿Y se fueron?
—Tal como se vinieron, en el helicóptero.
—¡Que no, coñe, en la nave espacial!
—Hostias, sí, sí, la nave espacial, la nave espacial de motores silenciosos. Por ahí nos van a trincar, Cristóbal, ya lo verás.




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2 Comentarios:

Sarco Lange dijo...

Antero, rey, plaga y sacrificio. Los marcianos follan con las antenas de los poemas. Embarazan con sólo el bip de su eterna calentura. Yo le creo, usan helicópteros, pero igual son como naves.

Beso con lengua.

estela ela dijo...

Uno mea de pie y el otro agachado....

Textos del CdC bien peinados


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