La inmortalidad del elixir

Ríe,
ríe.
Fuma,
palpa, huele, cuando folles, huele.
Un paseo a la tarde
y ríe.
Ríe.
Si el trabajo no tiene gracia
educa a tu hambre en la risa.
Y ríe.
Ríe tatuado de risa.
—¡Joder, que incineré a mi vieja ayer!
Pues ríe.
—¡So cabrón, que a mi angelito le han diagnosticado leucemia!
Ríe.
Caga con tiempo.
No cagues nunca deprisa y sin disfrute.
Y come lo mismo.
Con tiempo.
Si comes deprisa, ¿para qué trabajas?, refranean los chinos listos.
Y ríe.
Solo cámbiate de braguitas
cuando te lo pidan.
Solo cuando ellas te lo manden.
Que te manden.
Que te manden despóticas las braguitas.
Para ellos: al carajo el tuneo del coche, el curro,
doctoraos en braguitas.
Y cuando las empapéis
sacadle una foto a esas humedades.
No es abstracto,
ni minimalista
ni se caracteriza por permanecer arraigado
en un salvajismo despatriador
y cárnicamente doctrinario,
no,
qué va,
es arte del bueno.
De la risa.
O del a punto de la risa.
Y ríe.
Ríete.
Ríeme.
Ríeselos.
Ríe riendo.
Riéndoselas.
Si te duelen los abdominales
date una pausa, ok, toma aire,
pero
sonriendo.
Estate sentado lo imprescindible:
comer y cagar.
Recuerda:
la risa sentada es televisión.
Por eso mantén las distancias con la divinidad.
Dios enlata apoltronado
los carcajeos de las sitcom. Y
si le reímos las gracias
pierde interés en nosotros. Tenlo
encelado: con la polla tiesa
o mojada
—tú mismo con tu fe—,
pero no te rebajes a índice de audiencia.
Ríe a solas.
Ríe tristuno.
Ríe maldito.
Ríe cargando el revólver o tensando la cuerda de la viga.
Lo he mencionado allá en los arranques
pero no está de más insistir:

huele, cuando folles, huele.

Como un animal sincero
que nada sabe de órbitas planetarias
pero folla

—y de repente—

ríe
y huele.




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