¿OTRO?

—¿Otro?
—En efecto, teniente Padilla.
—¡Qué veranito! ¿Y esa mala cara?
—Que me dura la impresión.
—Vete a aquella tasca, criatura, vomita y vuelve.

Sagrario Padilla enciende un cigarro y aposenta sus 167 kilos sobre un cubo de basura que se achica en acordeón. La colmenera calle va a la suya. Algunos dedican a Sagrario guiños y saludos de cuello. El Ciruelo, 14 años, vocero (1) de Puerto Lara, en chanclas y camisa raída de los Lakers, se detiene y juguetea a descalzarse.

—¿Cansada, Sagrario?
—Para ponerte barba de un tortazo, no.
—¿Y cómo me agarrarás?, si hasta el teletransportador del Enterprise ha de hacer dos viajes contigo.

Sagrario carcajea. Sus tetonas tiemblan como flanes en terremoto.

—Ciruelo, atiéndeme, ¿ha estado el barrio tranquilo hoy?
—¡No jodas!, ¿otro?
—Venga, cualquier detalle que te haya escamado, a ti o referido por quien sea.
—Qué va, Sagrario, la misma mierda de siempre.
—¿De verdad?
—De la buena. ¿Sabes los cuentos que ya rondan?
—Guárdatelos, lindura, que a sacar cuentos sí que ganamos olimpiadas. ¿Quieres echarle una alegría a este cuerpo?, que me tienes muy olvidada.
—¿Qué ofreces a cambio?
—Hasta el día de paga, cariño.
—De eso me da mi novia flaca.

El Ciruelo vuela. Lo espanta un policía haciendo gárgaras. Larguirucho, casi cheposo, mangas del uniforme por los nudillos y rostro aniñado y ametrallado de pecas. Escupe al suelo y aguarda a que las risotadas de Sagrario remitan.

—A sus órdenes, teniente Padilla. Y disculpe la indisposición.
—¿Cómo te llamas?
—Jáuregui Mendoza, teniente.
—Pues adelante, agente Jáuregui, que nos cierran la boda. ¿Dónde ha sido?
—Ahí, edificio 43, quinta planta.

Sagrario palidece y blasfema en cariños: flojito y para sí.

—¿Quién está arriba?
—El forense Bartolomé.
—¿Borracho?
—Mucho, teniente.
—Perfecto, sereno no ha aprobado el doctorado. ¿Quién más?
—Mi compañero Heredia. Cuando nos comunicaron que usted venía para acá me ordenó bajar por... bueno... por si usted necesitaba algo.

Sagrario apura la colilla y entra en el edificio 43. Se detiene ante el primer tramo de escaleras.

—Una grúa.
—¿Cómo, teniente?
—O dos viajes en el teletransportador del Enterprise.

Sagrario inspira hondo. Se remanga los faldones de la bata hawaiana e inicia la ascensión. Peldaño a peldaño, despaciosamente mastodóntica. Detrás, Jáuregui.

—¿Quién nos llamó?
—La esposa de la víctima, teniente, Carmen Olorza.
—¡Vaya!
—¿La conoce?
—Aquí todos somos primos. ¿La función ha ocurrido en el baño?
—Sí, teniente.
—¿A qué hora?
—Entre las 8:30 y las 10:00. La víctima llegó a casa a las 8:00, discutió con Carmen, lo habitual tras una pavada (2), y se encerró en el excusado hacia las 8:30. Alrededor de las 10:00, como su marido no respondía ni daba señales de vida, Carmen se decidió a avisarnos. Heredia y yo nos personamos a las 10:15.
—¿Y rompisteis la puerta del baño?
—Sí, el cerrojo estaba tirado por dentro.
—¿En el tiempo que va de las 8:30 a las 10:00 Carmen escuchó gritos?
—No.
—¿Recibió visitas?
—No.
—¿Ruidos extraños por el patio, en la calle, en los edificios contiguos?
—Tampoco.

Sagrario se para. Mira de reojo a Jáuregui.

—¿Nada de nada?

El agente niega en silencio.

—¿Qué hizo ella durante esa hora y media?
—Lavar, la matambre (3) de los niños, no ha prestado declaración oficial todavía, teniente, fue un desahogarse mientras nos lloraba.
—¿Y los vecinos?
—Carmen temía la marabunta y solo llamó a la centralita.

Asomada a la baranda del primer rellano, en sujetador y shorts vaqueros, curiosea Guillermina «la Legionario». Peluca rubia, maquillaje de brocha gorda, barba verdeando, uñas postizas coloreadas con la bandera nacional y piernas esculpidas en mármol griego. Los haces de luz polvorienta que cañonean las claraboyas disimulan que toca depilación. La niña que sostiene en brazos bosteza.

—¿Vamos pudiendo, Sagrario?
—¡Qué remedio!

Sagrario jadea cánida mientras se seca las sobaqueras y el canalillo de las tetonas. Con el pañuelo húmedo le hace fiestas a la criatura y se interesa por cómo anda.

—Con aguachirras (4). ¿Tú por aquí, Sagrario?
—De visita.
—¡Ay, Dios mío! ¿Otro?
—Estate con la boquita cerrada hasta que retiren el cuerpo, Legionario. Y pásate por el Centro Social, mujer, y pides algo para la niña del Culebras, así le compensáis las clases gratis.
—Le hacemos de madre al angelito, que todavía le culpa, de no estar atentas amanecía en la basura. Además, no nos venden las brujas del economato.
—Si no les fuerais enseñando los colgajos cuando os las tropezáis, que os empaparon veneno en las ideas, coñe.
—Les gusta.
—A vosotros más que a ellas. Algún día le irán al comisario con dólares en lugar de papeles y os desmontarán el Ateneo, La Cabra y el Cabaré Callejero. Entonces a llorar.
—Qué ceniza eres Sagrario.
—Y tú qué reputa, Legionario, y tú qué reputa. ¡Sigo con lo mío!

Sagrario encara el segundo tramo de escaleras. No lo llega a inaugurar porque zumba el celular.

—Diga, comisario.
—¿Estás allí?
—Casi. ¿Y los informes de la policía científica?
—Todavía no.
—Comisario, por favor, que se comprometieron en junio, con los primeros casos.
—En Gobernación cuentan que están aguardando asesoramiento extranjero.
—¿Asesoramiento? Si esta pesadilla estuviera jodiéndoles el complejo turístico MarySol o las urbanizaciones de Cayo Grande, los espabilarían con dinamita.
—¿Lo dudas? Habrían puesto la isla patas arriba. Venga, mi flaca, no rabies y esmérate. Va en camino el ayudante del juez con la morgue. En una horita te llamo.

A mitad del segundo tramo Sagrario no suda, chorrea como catarata de postal. Picores inalcanzables y asquerosamente íntimos le riachuelan el moño, la nuca y el espinazo.

—Jáuregui...
—¿Sí, teniente?
—Te nombro heredero universal de mis bienes... si me explotara el pecho las haciendas y plantaciones familiares pasarían a ser de tu propiedad...
—¿De veras, teniente?

La risa entreverada de jadeos y toses le aguanta a Sagrario hasta el fin del tramo. Allí se congrega una tropa de viejecillas con el Coronel a la cabeza. Flacura enérgica, verrugas azulonas burbujeando la calva, cojera de guerra y voz hecha al mando. Con porte mussoliniano aguarda a que la teniente recupere el aliento.

—Qué coincidencia, hemos concluido los informes de este mes. Hágaselos llegar al señor comisario. Y manifiéstele también nuestra firme intención de no recular ante ese lupanar de invertidos comunistas y corruptores de menores.
—Recibido. ¿Han notado hoy algo anómalo en el edificio?
—¡Por Júpiter!, ¿otro?

Sagrario se refugia en su cansancio para no responder. El Coronel comadrea en corrillo con sus devotas. Un ronroneo de jauría adormilada —¿otro?, ¿otro?— se eleva hacia las humedades del techo.

—Negativo, teniente. ¿Quiere que en el futuro agreguemos a los informes un apéndice sobre esta cuestión?

Sagrario asiente y va tirando hacia el tercer tramo de escaleras. De odiarlo media atmósfera más lo desintegra con la mirada.

—¿Estás casado, Jáuregui?
—Sí.
—Seguro que con una buena mujer.
—Sí.
—Lista.
—Sí.
—Y comprensiva.
—También.
—Que no pondrá objeciones a que empuje el trasero de su teniente.
—¿Eh?, no... Seguro que no...

Así se inicia el ascenso del tercer tramo. Sagrario, escalón a escalón, aferrada a la baranda, jalando de ella, y Jáuregui detrás, cuatro o cinco peldaños por debajo, apretando la mandíbula y aupando a base de riñones la culada de su superior.

—¿El orificio de entrada fue el ano?

Dadas las circunstancias Jáuregui tarda en reaccionar.

—Sí. Partiendo de ahí varios trayectos de salida al nivel de abdomen y pecho... Desgarros intestinales, fracturas de costillas, de esternón... Por lo que Bartolomé farfullaba el modus operandi fue el usual.

Arriba del tramo, tranquilote y recién vacunado, Poeta Culebras se pasma con los insólitos alpinistas. El esqueleto en los huesos, dientes flojos y alquitranados, ojeras en alud de pellejos y las venas de los brazos estrelladas. A sus pies los trastes de matarse: una cuchara, un mechero, una jeringa y una pésima antología de Bukowski.

—¿Sois de verdad?

El corazón le palpita a Sagrario en los floreados de la bata. Jáuregui también resuella a lo bestia de carga. Comparten suelo con Poeta Culebras.

—¿Qué opinas tú, Jáuregui?
—Que sí, que somos de verdad.
—Interesante. ¿Y sobre el caso?
—Ah... Pues que deben de ser como mínimo dos. Y actuar en cooperación. Uno para inmovilizar a la víctima y otro para trastearle el orificio anal con el taladro o lo que sea. ¿Qué sugieren sobre el arma homicida los informes de la policía científica de Gobernación?
—Aguárdalos sentado.
—Cabrones.
—¡Caaabroooneees!

El eco guasón de Poeta Culebras no distrae a Sagrario.

—Como no le saquemos pronto el hilo a este enredo se nos vuelve costumbre. ¿Por qué ese ensañamiento?, ¿por qué en los excusados de sus hogares?, ¿por qué en una barriada suburbial y anárquica, donde no hay horarios para dormir y vivir, nadie oye un ruido extraño o sorprende a un sospechoso?
—¿Y si callaran por miedo, teniente?
—¿A qué?
—A Chaché.

Cucarachas rinconean con algarabía de hormiguero. Sagrario enrolla los papeles del Coronel y pensativa las va empujando hacia el hueco de las escaleras.

—Ningún sicario de Chaché actuaría así, a plena luz, en las casas de las víctimas. Es ridículo.
—¿Ni para demostrar a ciertos elementos hostiles que los pueden reventar donde quieran?, ¿un ajuste de cuentas con aviso a navegantes?
—Puede que los gorilas de Chaché se hubieran prestado a ello una vez, dos máximo, pero nunca catorce. Quince ahora. ¿Y qué relación mantenían con Chaché, por ejemplo, el ciego Matas?, ¿o la hija mongólica de Valledas, te acuerdas? No, Chaché y Puerto Lara se necesitan. La mayoría de las bocas que comen aquí, comen de abastecer de coca, espeed o metanfetamina a los gringos de las playas. Si Chaché tensara en exceso la cuerda, si matara a lo Nerón, por puro loco, perdería el respaldo del barrio. Lo pagaría. ¿Que de tanto en tanto hay que retirar a voceros que se pasan sisando o castigar una falta de respeto? De acuerdo, pero todos, desde el muelle a las favelas del Collado, han de conocer el motivo, han de comprender que no se trataba de un matar por gastar balas. Además es guapísimo.
—He lucido años mejores.

Poeta Culebras se incorpora. Con pachorra pastosa de yonqui veterano busca por los suelos.

—Todavía tienes una juntada, Culebras.
—Tú, Sagrario, que te casarías con Satanás.
—Si se ducha. Tu niña anda con diarreas, ¿lo sabes?
—Se habrá empachado de hambre.
—Oye, ¿has notado cosas raras en estos días?, ¿por el Ateneo o en la redacción de La Cabra?

Sin abandonar sus pesquisas Poeta Culebras responde preguntando.

—¿Otro, Sagrario?
—O el mismo de siempre.

La teniente sonríe triste. Culebras encuentra una colilla con chicha. La prende y vuelve a su Saturno particular. Sagrario al suyo.

—Pongamos que sea un asesino múltiple, Jáuregui, como en el cine. Psicópata, meticuloso, lector empedernido de la Biblia y elegido por nuestro patrón San Cipriano de la Cuchanga para erradicar el pecado y la corrupción de Puerto Lara. Un tipo, o un grupo de personas, con capacidad para moverse por el barrio sin despertar sospechas. Con seguridad vecinos. Por ahí debemos escarbar. Si descubrimos cómo ese malnacido o esos malnacidos se introducen en los hogares, perpetran la sangrada y se esfuman, los habremos trincado. ¿Un grupo de asistencia social?, ¿de religiosos?, ¿de albañiles?, ¿de fontaneros? Debemos averiguar cuántas reformas, por pequeñas que sean, se han llevado a término en los edificios de las víctimas y aledaños, y quiénes las han efectuado, revisar fachadas, azoteas...
—¡La policía pensando!

La gracieta de Culebras dispara a Jáuregui.

—¡Tú, media mierda, vigílate la lengua y trata con respeto a la teniente! ¿Oído?

Culebras chitón.

—¿Oído o te arreglo la sordera, so idiota?
—¡A sus órdenes, mi capitán Ahab!

Sagrario corta la tensión con un costoso y heroico levantamiento de sí misma.

—¡Vamos por el cuarto, Jáuregui!

El cuarto tramo de escaleras es primo hermano del Himalaya. Sagrario temblequea y cada rasposa aspiración que engulle por la boca —descoyuntada de tan abierta— parece estertor.

—¿Te estás encariñando con mis posaderas, Jáuregui?
—En absoluto. Y ponga de su parte, teniente, que la noto señorona.
—¡Cuánto malhumor! Ya intuía yo que a tu esposa le incomodaría este socorro.
—No, no, teniente. Ha sido ese drogadicto, que me achicharra. Cada semana, en La Cabra, burlándose del departamento de policía y la isla riéndole las mofas. Y ese gallear de arrastrao y mirar por encima del hombro. Por estar medio leído y haber perdido a la mujer pariendo se cree de otra división y con licencia para faltar. Yo no soy el capitán Ahab...
—Ni yo Moby Dick.

«¡Y el Óscar al Mayor Imbécil del Año es para...!». Jáuregui se imagina, de esmoquin y repeinado, saliendo a recoger la estatuilla. Le comen los demonios por dentro.

—¡Hijo de perra! Deme cinco minutos, teniente, vuelvo y ese vomitón no se olvida de este día.
—Aplácate, Jáuregui. Reservemos las palizas para los malos chistes. ¿Están de guerra ahí arriba?
—Casi, teniente, de fútbol.

En el rellano del cuarto una cuadrilla de chicuelos patea una pelota de trapo. Churretes tatuados, dientes de rata, huesudos andrajos y carnecitas tostadas de sol gamberro y callejero. Improvisan un alto para asistir al circo que sube.

—Sagrario, ¿qué haces aquí?

Sagrario y Jáuregui se desploman en el rellano.

—¡Ejer... cicio!

Nadie mira como mira un niño que ha dejado de jugar. Los dos policías se sienten radiografiados por nueve pares de ojillos. Por fin la cuestión.

—¿Otro?

Sagrario escurre de sudor el pañuelo y se dirige al niño pelón que ha preguntado.

—¿Habéis visto algo extraño hoy?, ¿forasteros por las escaleras?

Nueve negativos cabeceos.

—Ya, ya. ¿Y las clases en el Ateneo?
—Culebras estaba tristón. Nos soltó hará rato.
—¿Y por qué no jugáis en la calle?

La tropa recibe órdenes de abrir fuego a discreción.

—¡El pendejo del Ciruelo!
—¡Chaché no le deja pelotear!
—¡Tiene que estar a lo suyo!
—¡Los gringos, la pasta!
—¡Si no, luego, lo muele a palos!
—¡Cabrón, Ciruelo!
—¡Y como le pega coraje nos quita la pelota!
—¡O la chuta al puerto!
—¡O la aplasta a pisotones!

Jáuregui acude al rescate.

—¡Vale, vale, haced aire a la teniente! ¡Largo!

Un niño recuerda el marcador empatado y como una riada de ansias retoman el partido de fútbol descalzo. Los achuchones. El griterío. La infancia. Sagrario los observa traspuesta y los pensamientos se le hacen voz.

—Hermosos hijos de la miseria y la brutalidad. Las niñas se putean a los 12 años y los niños, a esa edad, acuchillan riñones por un Kínder Sorpresa o un DVD del Capitán América. Se empeñan en la vida, como cualquier asunto que respira, pero lo suyo no es vivir. Es sobrevivir. Aquí solo lo cuenta el que sobrevive. Y la naturaleza los ha dotado para ello.
—¿Con qué, teniente?
—No se trata de apatía, tiempo lento, indolencia o relajación vital. Grábale el lema de «lo primero va antes». Esa forma de inteligencia tan animal. En Puerto Lara podría haber aterrizado un alien baboso de la galaxia Patatín, sorberles las entrañas a un par cada día, y ellos, en tres semanas, haberse hecho a la nueva situación y sacar chistes, coplas e historietas. ¿Has reparado, Jáuregui, que ninguno me ha demandado el nombre de la víctima? Igualito que las cebras.
—¿Las cebras?
—Después de las carreras y persecuciones, después de que los leones atrapan a una, el rebaño vuelve a pacer como si nada.
—Ah.
—Sienten miedo. Claro que sienten miedo. Pero en Puerto Lara el miedo no asusta. No puede representar un obstáculo para sobrevivir. La histeria, los psiquiatras y las terapias de grupo son otro lujo más de MarySol y Cayo Grande. Aquí se sobrevive, hasta los débiles se colorean los tumores y continúan sembrando patatas en las inmediaciones de Chernóbil. ¿Lo comprendes?
—Ni un cacho, teniente.

Sagrario estalla en carcajadas.

—¡Me caes muy bien! ¿Y dices que estás casado?
—Completamente.
—¿Qué hay completamente?

El quinto y último tramo de escaleras resulta menos imposible de lo que se barruntaban los policías. En parte porque le han cogido el ritmo a acompasar los esfuerzos y en parte también porque la inminencia de la meta otorga depósitos extra de gasolina.

—Jáuregui, ¿un cigarrito para celebrar la cima?
—No fumo, teniente.

La puerta del 5º B permanece entornada. Desconchones, grietas y humedad entusiasta. Heredia, de guardia en el comedor, saluda a la teniente. Repantingado sobre un viejuno sofá duerme Bartolomé. A la vera, agotada de lloros, está Carmen. Años hinchados y cansancio tiritón calando adentro. Dos niños se le sueldan en abrazos y se estremecen con cada ronquido hormigonera de Bartolomé. Sagrario besa a Carmen.

—Carmencita, mi niña, cuánto, cuánto, cuánto siento lo de tu Roberto. Heredia, llévate a Carmen y a los críos a comisaría, que presten declaración allí. Ya te avisaré cuando hayamos pasado la fregona. ¿Quieres algo, Carmen?

Carmen contesta “no” como podía haber contestado lagartija, azul o Vía Láctea.

—Y tú, Jáuregui, tráeme a Bartolomé al baño.

Las paredes, el plato de la ducha, el espejo rajado, el inodoro, las baldosas, todo el humilde y estrecho retrete se encuentra garabateado con sangre espesa y grumos de vísceras. La mayoría secos y frenados, unos pocos todavía resbalando como parsimoniosos caracoles zombis. En su conjunto el escenario semeja producto de haber destapado en pleno funcionamiento una batidora de carne humana. Tirado en el suelo, Roberto, pantalones por las rodillas, barriga abierta en canal, intestinos culebreando, adopta una despatarrada e inverosímil postura de títere.

—¡Dios mío, otro!

El dantesco cuadro abisma a Sagrario. Tanto que la colilla se le consume y le quema los dedos. La arroja al inodoro justo cuando asoma Jáuregui.

—Bartolomé no despierta, teniente. Carmen le sirvió varios roncitos durante la espera y la ha terminado de agarrar. Podría probar con un cubazo de agua. ¿Me autoriza?

Sagrario se ha arrodillado junto al inodoro, absorta con los bamboleos de su colilla en el agua ensangrentada.

—¿Teniente? ¿Teniente Padilla? ¿Qué mira ahí...?

Emergen las fauces.








(1) vocero, ra: 2. m. y f. Vendedor al por menor de droga.
(2) pavada: f. Noche de fiesta corrida por personas maduras, no por muchachos.
(3) matambre (por fusión de mata y hambre): f. tortitas de maíz y miel que se suelen tomar como desayuno.
(4) aguachirra: f. Diarrea. U. m. en pl.

Obras de Referencia.
CULEBRAS, MADARIAGA, «A propósito de las particularidades léxicas del español de Islas Tamarute» en PROSOFAGIA Revista literaria, 4, 2008, 47-65.
CULEBRAS, MADARIAGA, De carne y lengua. Manual de fraseología coloquial portuaria, Tamarute, Ed. Neonuevo, 2011.
CULEBRAS, MADARIAGA, «Bestiario fantástico en la tradición folklórica insular» en LA CABRA, Revista de pensamiento salado, editada por el Ateneo Popular La Cabra, 54, 2007, 67-89.

1 Comentario:

P MPilaR dijo...

****déjame que te cuente, limeña,
que si no fuera verdad, una vez solo (me dijo)
"te os hago herederos de todos mis bienes y deudas..."
-hasta que la víctima salió a escape limpio))
'y no fue vivir. No, sobrevivir. No más contaba el que sobrevivía'.

(basado en hechos pasmosos reales.)


besos, maño

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