Casi primos hermanos

—¿Así que usted nació en Segovia?
—Hombre, Segovia, Segovia...
—¿No es buen sitio para nacer?
—No tengo yo conocimiento de cosa mala de Segovia, pero a un servidor lo trajeron a la vida y a la muerte en Carballeda de Avia, provincia de Ourense.
—Ha cumplido 37 años.
—Ando más arrimado a los 54 que a los 37.
—Y se llama Mariano.
—Pudiera ser, pero desde rapazuelo se me ha dicho que mi nombre es Adelino y ya tengo cogida la costumbre.
—Eso, Adelino… Adelino Ortega…. ¿Tampoco?
—Si anda escrito ahí; un papel es media ley. Aunque a voz alta llámeme Adelino Mondoñedo, que a Ortega, por desapego y extrañeza que no por feo gesto, pudiera ser que no le diera contestación.
—Discúlpenos, se lo ruego, don Adelino, hemos estrenado departamento de documentación y no están muy finos.
—Los estrenos aprietan.
—Y se ha puesto en contacto con nuestro programa radiofónico Emprendedores con objeto de publicitar su innovación empresarial.
—Quien dice yo, dice la parienta. Con tal de tenerla entretenida le compré una radio, que mujer aburrida acobarda a Satanás.
—Ajá. Esta innovación desde hace unos años le reporta cuantiosos beneficios.
—Desde hace unos años o desde el verano pasado como quien dice, desde que en las fiestas de Carballeda de Avia el alcalde nos prestó una caseta para mostrar el artilugio.
—Porque usted es inventor.
—Yo invento malamente, el organismo no me alcanza. El de los apaños es mi cuñado; tiene algo de falta en los entendimientos pero desmonta relojes con maña. Se sienta en la tasca del Genaro, calladito, a la suya, sin molestar a los parroquianos, y arma y desarma relojes que deja pasmado. No los arregla, que ese don todavía no se le ha despertado, pero reloj que funciona antes de que él lo desmonte, funciona después de él montarlo.
—Y reveladas semejantes dotes, usted decidió intervenir.
—Yo intervengo poco como quien dice. Y cuando cae la breva y por uno de estos casuales me pilla interviniendo, ni siquiera sé que estoy liado en intervenciones.
—Me refiero a que se propuso sacarle réditos a las facultades de Abelardo.
—No tengo el gusto.
—Su cuñado, el que monta y desmonta relojes.
—Abelardo o Vitolo, tanto es, que tampoco vamos a reñir por un nombre que no llega a apellido.
—Bueno, bueno… Insisto, usted intuyó perspectivas de negocio en las innatas dotes de su cuñado.
—Yo o mi mujer como quien dice.
—Carmen Salazar...
—...
—Su mujer no se llama Carmen Salazar, ¿verdad?
—Pudiera, que las mujeres son seres escondidos y se guardan mucho, pero a mí me responde por Justina Abraira.
—Entiendo, vamos a lo que nos ocupa: con la inestimable colaboración de su santa esposa y el hermano de esta, usted ha patentado el juego erótico masculino que está revolucionando el mercado.
—O eso o un artilugio para hacer gallardas y pelarse el churumbel como quien dice.
—Exacto, como quien dice. Háblenos de Vitolo Salazar... Perdón, de Vitolo Abraira.
—Ya le quedó referido que cojea de las sienes y por lo mismo vive mocito viejo. Se viene para mi finca a hacerle cosas feas a las ovejas, aunque a los animales les distrae, que es verlo asomar por la linde del collado y recibirlo entre un coro de balidos. Y quién es uno para saber lo que está bien y lo que está mal. El vivir solterón traspuesto guarda sus vericuetos buenos y sus vericuetos malos, y uno de los malos es que Satanás se te cuela en las ideas muy de continuo. Y mientras mi cuñado observaba traquetear la ordeñadora automática el de los cuernos le susurró al oído: «atiende, Vitolo, como metas la pichurrina en un boquete de esos te quedas bizco del gusto».
—¿Y se quedó?
—Vaya que si se quedó. A los tres días de no verle el pelo Justina, o Carmen Salazar como más le convenga, me dijo: «a mi hermano le ha pasado algo, allégate a ver». Me allegué a su casona y lo encontré como me lo encontré.
—¿En probaturas con la fase beta de su invento? ¿En éxtasis amatorio?
—Pudiera ser que también, pero sobre todo amorrado al pilón, que le tuve que levantar la garrota para hacerlo entrar en razón y que se desenchufara el artilugio de donde lo tenía agarrado como crío a teta de madre. Justina, que por haber nacido mujer tiene el seso más útil, vio posibles en la operación y convenció a su hermano para que la mejorara. Ya quedó referido que mi cuñado tiene buenos dedos para desmontar relojes, así que acondicionó el aparatejo, lo acolchó, que lo delicado en una misa nunca estorba, y...
—A la gloria.
—O a la caseta que nos prestó el ayuntamiento durante las fiestas. A media tarde no dábamos abasto. A lo primero lo pusimos de balde, porque el hombre, aunque parezca que no, es muy sentido en donde mete lo que mete, y el cacharro imponía respeto, no le digo yo que no. Pero fue probarlo un valiente, correrse la voz y desencadenarse el fin del Mundo.
—Un sex-shop se ha interesado en el proyecto.
—O eso o una tienda para hacerle cosas feas a las ovejas. Y a los animales que no son ovejas. Aunque en sus comienzos el invento rodó cuesta arriba.
—¿Por qué motivo?
—Pichifarteces de la capital. Quisieron que no pareciera tanto una ordeñadora automática y diéronle una capa de modernura. Y el asunto ni fu ni fa. Hasta que mi Justina les aconsejó que recuperaran las antiguas trazas. Y entonces sí que sí.
—¿La apariencia de ordeñadora automática liberaba con mayor profusión la libido masculina?
—Eso también pudiera ser, o que cuando un hombre quiere bajarse las calores con la parienta pues hay que pedir instancia lavado y afeitado, pero cuando le apetece ser guarro, le apetece ser guarro con todo su andamiaje. Y la pinta de ordeñadora, aunque de primeras te echaba un poco patrás, en cuanto que se te acostumbraba el mirar, pues también te echaba un poco palante.
—El juguete erótico está causando furor.
—Eso también pudiera ser, pero yo solo le puedo referir que agrada bastante entre el ganado varón, que en cuestión de gustos el experto no pasa de aprendiz, y que personas habremos miles en el mundo, unos de un color, otros de su contrario, unos poniéndoles velas a la Virgen de Corbelledo, otros a Mahoma, unos aseándose las cagaderas con la diestra y otros usando la zocata, pero a poco que nos rasquemos un rato a todos nos parieron primos hermanos. O casi.








Cristina García Rodero

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