Siempre he sido muy malo para las moralinas

Un colega me confesó que mató a su gato de un martillazo el mismo día que le pidió matrimonio a su novia de toda la vida.

—Estaba muy malito y me cobraban 300 € por sacrificarlo en la clínica veterinaria.

¿No pudo esperar? O para lo uno o para lo otro. Me lo suelo imaginar con salpicaduras de sesos y sangre en el cuello y mangas de la camisa, arrodillado, en la típica posturita declaratoria.

—No, qué va. Me arremangué para el martillazo.
—No me jodas que no te cambiaste de ropa luego.
—Los temas vienen cuando vienen…

Me dijo que el animalito sufría tormentos, maullando en sordina, tosiendo sangre, y que por fin se decidió sacrificarlo a lo Juan Palomo, pero que aquella misma tarde su novia se largaba a Londres por curro, y que las tías fuera de su hábitat se descubren nuevos lunares, se alocan, y ya que la tenía medio convencida no era cuestión de empezar desde cero dentro de un año o dos.

—¿Qué hicisteis después?
—Pues tal y tal.
—¿Follasteis?
—Había que celebrar que aceptó.
—¿Con el gato muerto en casa?

Me dijo que lo metió en una bolsa y lo arrojó al container de la basura antes de que ella llegara, que fue duro, que quería un pasote a su gato, que lloraba como una magdalena mojada en leche cuando lo hizo.

—¿En el puto container de la esquina?
—Sí. Y no sufrió, ¿eh? Fue un martillazo seco. Practiqué en el balcón.
—¿Con esas baldosas que llevan siglos rotas?
—Hasta que no casqué seis o siete seguidas de un golpe no me metí en faena.

El resto de mis colegas casados ya han pasado por la vicaría del divorcio. Estos dos aguantan derechos como el primer polvo. Entre las tías son su punto de referencia, la unidad básica del sistema métrico con el que cuantifican y evalúan la futurible solidez de una relación. «¿A cuántos puntos estarán esos dos de Mengano y Mengana?, ¿a cinco?, ¿a seis y medio?».

Durante una cena de pandilla se pusieron a follar en los baños del garito. Pero follar como follan los que están encasquetando cuernos a terceros. Qué niveles en la escala Richter alcanzaría el seísmo que el camarero vino a pegarnos el toque a los tíos porque creía que a uno de nosotros nos estaba incluyendo en los carteles de la feria de San Isidro.

—¿Un tipo con estas pintas y una tipa con estas otras?
—Los mismos.
—Tranquilo, esos dos están casados.

El camarero puso expresión de «claro, claro, casados, como si los casados trincaran así. ¡Anda y que os den, cornudos consentidos!».

Y ahí sigue la parejita. ¿Qué lección se desprende de esta historieta? ¿que cada cosa tiene su cosa?, ¿que la convivencia precisa compartimentos estanco?, ¿que debemos sacrificar un gato a martillazos a modo de ritual invocador de buenos vientos para la futura vida conyugal?

Espero que no. Siempre he sido muy malo para las moralinas.








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2 Comentarios:

P MPilaR dijo...

Pues en ese pensamiento estoy, en lo de la cosa con su cosa.
Luego me repasaré la parte central del gato occiso y las folladuras
A ver si saco leccioncica sin moralina, jijiji
Pobre gato, ¿no?
Bss

P MPilaR dijo...

Pues en ese pensamiento estoy, en lo de la cosa con su cosa.
Luego me repasaré la parte central del gato occiso y las folladuras
A ver si saco leccioncica sin moralina, jijiji
Pobre gato, ¿no?
Bss

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