Trío

Acampedo. En un pueblito del Pirineo. Naturaleza a patadas y gente poca. Privar y… ¡oh, qué arroyuelo más pintoresco!; privar y... ¡oh, qué paisaje más pintoresco!; privar y... ¡oh, qué luna llena más pintoresca!; privar y... ¡oh, qué bar más pintoresco!; privar y... ¡oh, qué tía más jamona!

Lo nuevo es, por definición, novedoso e incita al descubrimiento, a pesar de que lo matricularan feúcho como el tipo que firma este cuento. Logrado ese instante de audiencia el resto hay que sabérselo cocinar, sin pasarse o racanear con la sal, que por esos dos abismos se despeñan los gilipollas. Y a esas me pongo, a procurar reducirme los niveles de gilipollez al mínimo estipulado en mi ADN.

El resto de la tribu —representante de Alcoy, representante de Valencia capital, representante de Hospitalet de Llobregat y representante de Quito, Ecuador— retoma su pateada nocturna. Privar y... ¡oh, qué plaza más pintoresca!; privar y... ¡oh, qué iglesia más pintoresca!; privar y... ¡oh, qué portón abierto más pintoresco!; privar y... ¡oh, qué eco más pintoresco!; privar y... ¡oh, que ábside más pintoresco!; privar y... oye, ¿por qué no nos llevamos a Jesús de pendoneo?, sí, sí, que al notas se le tiene que estar haciendo la boca agua, sí, sí, que han sido la tira de siglos ahí colgado, sin darle una alegría al cuerpo, sí, sí, que como lo espabilemos y le quitemos el apoyardamiento nos ganamos el cielo, sí, sí, que trenes semejantes no vuelven a pasar en la vida. Todo esto en un tono serio, absolutamente persuadidos de estar sintetizando la vacuna del sida. Y allá que ajilan a la furgoneta, a por herramientas. Lo desclavan, lo descuelgan y se lo llevan de fiestorra como a un colega: brazos extendidos ÉL, cobijando al de Alcoy bajo su sobaquina derecha y al de Quito bajo la izquierda. Lo de pedir un rescate vino seguido, cuando comprendieron que puticlús en el Pirineo como que no, y ya que estaban puestos tampoco era cuestión de dejar la movida interruptus. Sí, sí, que a Dios rogando y que la pasta vaya aflojando, sí, sí, que a quien madruga Dios no le despierta, sí, sí, que cuando Dios aprieta, se le coge y se le ahoga, sí, sí, que al próximo que suelte un refrán le pego una patada en la boca.

De mientras, uno estaba a lo que estaba, a dos números de cantar bingo; en mi casa no, que mi padre duerme con un ojo abierto, en la tienda de campaña tampoco, que mis colegas la estarán sobando, en la furgoneta, sí, arreando a la furgo. Y justo en el clímax de la jodienda, en todo el regodeo, cuando por su boca manan, a borbotones, ensalivadas plegarias que ungen, «¡fóllame, mi dios!, ¡hazme loquita!, ¡así, mi dios, hazme loquita!, ¡llégame a la otra linde!, ¡atravesando, mi dios, atravesando!», cuando estrellaría contra esos cantos de sirena hasta el último vaho del alma, cuando por fin comulgo con la idea de que follar tiene su algo de petite mort y de experiencia religiosa, entre los sacos de dormir, mantas y roperío que atestan la furgoneta, tras el semblante santateresino de ella, va cobrando forma una barbita rala. Una quijada chupada. Unas ojeras profundas. Una mirada extraviada y tristona. Una frente coronada de espinas.








Thomas Dodd

1 Comentario:

P MPilaR dijo...

'...bien que lo pase el buen dios,
que el malo, bastante tiene
con acribillarse a bucólicas folladuras
y el regular, pintoresquee miaja más...'

FIN

besos

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