1/02/2017

Paranormal Activity

Galán tose petróleos fumigados al pecho. Galán regurgita negruras. Galán escupe. Milenariamente y gris, se calza.

Algo sanguíneo rebrinca en el azadón que adorna la pared cuando Galán sale a la calle y el apero respira a secano. Engalanar empacha de sinsentido. Oficio huero de gentes modernas. O viejas y pensionadas.

Diluvia sol. Hierve la cal descascarillada. Se costran en tejas las quemaduras. Y los soportales, oquedades abrasadas de horno recién apagado, compadrean con el adversario. Hasta las polvaredas yacen, repudian los achicharrados remolinos. Naufraga de molicie el mundo. La calor triunfa en alud cansino. Y el runrún del silencio de la siesta deslumbra. Es como la pátina de las momias, aleteos de almas en féretros de entomólogo.

A Galán le mortifica caminar cheposo. Él, que fue tanto. A la revuelta de una esquina se detiene. Jadea. Las tripas del respirar, locomotoras flojas y saturadas de gallinas y ristras de ajos, deben soltar lastre. Galán tose. Galán regurgita. Galán escupe. La calor buitrea curiosa su pausa. Grazna desde las alturas y Galán aprieta el paso.

Antes, las siestas, se las fumaba del tirón. Ahora le acometen achaques de señorito: el dormir a saltos, esquinado, el susto a todo, las manos asfixiadas, el cavilar sin porqué, la boca estropajo, el no mirarse al espejo, la arena en los párpados. Algo le cuece la sangre. Algo malo. Que ni se va, ni se acostumbra uno a ello.

—La edad, Galán.

Marcial, el del casino, riñe con el tiempo. Las agujas del reloj de su local, reloj orejudo y achaparrado, han ensartado un instante. El cantinero soba el averiado cacharro como a mula malparidera. Quiere sonsacar a puro tacto en donde se aposenta el estropicio.

—¡Qué edad ni qué...! —bravea Galán y por un segundo se yergue. Se encorva en cuanto que los reúmas mandan firmes.

La gata coja gotea pasos sobre las colillas. Se muda a las sombras del casino. Desparrama su panza de pezones ariscos sobre el frescor de las baldosas, y atiende a Caicedo.

—Solo nos pasa el tiempo.

Con cariño meticuloso se lía el tabaco. En los labios el chicote del anterior, para que no aburra el intermedio. Caicedo se hinchó a catedrático en dos días. Cosa de un forastero que lo retrató y comentó que lucía perfil de pensador. De entonces le viene que hable.

—El idioma, en los pueblos, se usa. No se dice.

Hules pegamentosos y roñegridos arropan las mesas del casino. Moscas y chicharrones de colillas juegan su dominó en miniatura. El Cinzano destaca cual collado mesetario. Crujen en su idioma las sillas: chismorrean, rabian, se emplazan para saldar deudas y otras cuentas.

—Están de hermosas las mocitas que revientan jazmines.

La noche alberga sus propias penumbras; la claridad, las suyas. Las mantecas de luz que atraviesan el ventanal revelan el polvo que estuca el aire. Los moscardones forcejean en el vuelo. Escarban la tela de araña. Telegraman sus vidas a los cuatro vientos.

Llega Arévalo a su hora. Retaco y azuzado. No le enseñaron a crecer. Todavía les levanta las faldas a las mozas que se dejan. Se peina la calva y se lava los dientes cada dos días. Por oler bien durante el arrimo. Que los torpes arrimos traen las cornás.

—¡Buenas tardes haya pa tos! ¡Aviva, Marcial, que me trinca la prisa!

Marcial, con el reloj en la diestra, sirve un chato. Y dos. Y tres. El cuarto no cae porque Arévalo tapa el vaso con la mano.

—¡Ea! ¡Con Dios!

La cortinilla de la puerta pestañea a otra dimensión. Pero no se ha ido todavía Arévalo. Permanece yéndose un rato, desmenuzado en estelas de fotogramas. Emite su veredicto simplón Caicedo.

—Y eso viene siendo desde que Dios es Dios y Satanás diablo.

Galán se acoda en la barra. Suspira yeso.

—Marcial, ¿tú entiendes el rodar del mundo?
—¿Qué hay que entender?

Marcial a la suya. Zarandea el reloj. Pone atención a las consecuencias de su chachachá.

—Pues esto, Marcial. Lo mismo una vez y otra. Una vez y otra. Lo mismo y siempre.
—¿Qué hay que entender, Galán?

Pereda se allega a la barra. Pereda es parroquiano largo y tiznado. Estira el luto de la mujer. Se le fue de un repronto que le cogió a la altura del corazón. Al volver del funeral Pereda descubrió que le había crecido la casa. Casa de marqueses. Casa de ruidos. Casa engrasada de difunto.

—¿Se ha muerto la cuñada del Aparicio?
—No que se sepa —responde Marcial.
—Andaba liada en ello.
—Andará todavía.

A Pereda le gusta que se muera la gente. No se alegra, pero le gusta. De un seco manotazo, como el jaque mate del dominó, planta los cuartos que se deben sobre la barra.

—¡Qué mundo este!
—A ver el otro, Pereda.

Galán se arrima al ventanal. El jilguero martillea colores histéricos contra la jaula. La plaza descuadrada. El campanario enclenque de niño con mucha escuela, el nido de cigüeña coronándolo de espinas. La hembruna fuente. La bandera fea. Y la calor. Rediós qué calor.

Galán piensa que ahora Caicedo dirá: «en un bar se bebe y se está».

—En un bar se bebe y se está —dice Caicedo.

A Galán le vuelve lo negro. Su mal. Galán tose. Galán regurgita. Galán se aguanta el esputo. Se asombra de lo que no veía. El torpe relojero de Marcial, las tontás de Caicedo, la gata coja, la prisa palpitada en fotogramas de Arévalo, las moscas respirables, el luto acatarrado de Pereda, y esta calor con raigambre de olmo..., todo, todo perenne e hincado —como las dos raíces de un reloj roto— a un momento que arde.

El labio de Galán tiembla por la ocurrencia. Asusta el miedo que convence. El que se nos cuela por la cabeza.

—¿Y si fuéramos aparecidos, Marcial?

Marcial se rinde. Deposita el inútil reloj, ya adorno, sobre la repisa.

—Pues seremos.








Algis Griskevicius

1 Comentario:

P MPilaR dijo...

* negrunas aún son más
-como Galanes, cientos*

con el tiempo vuelven en sí un ratico apenas. Luego, la diñan pa siempre jamás.

ay!

bss