De existir el infierno es un pueblo chico

Una novela nórdica traducida a secano.

Valentino llamaba «relente de rebequilla» a las nevadas de enero, entre bromas y veras, todo para gallear de Superman. Y como el chiringuito le rendía ganancias entre las hembras más desesperadas del pueblo, ahí que seguía, ondeando la pelambrera del pecho. Pero en una de estas machadas mal medidas —encadenar 17 pajas de seguido— se quedó sin nervio en la mitad derecha del cuerpo. Pues bien, ¿me creerán ustedes que a pesar de la tara no le faltaban sus triunfos entre la orilla de enfrente? ¿Y que a las desesperadas se sumaron otras que no tanto? Cría fama y échate a dormir, eso lo pregonaba mi abuelo y es uno de los engranajes que ruedan el mundo. La cosa fue que los mozos del pueblo no estábamos dispuestos a tragar el mantecado; que de normal el Valentino se encopetara como pavo real bien estaba, así lo cagó su santísima madre, pero que de tarado no se bajara del palo del gallinero y mojara el churumbel más que una persona entera y con el sacrificio de lavarse las veces que imponía el arrimo, eso no se lo íbamos a consentir. Aplazamos rencillas y diretes y convencimos a Mariano, el tonto de la cuadrilla, para que empujara a Valentino y su silla de ruedas por las escaleras de la iglesia. Se murió. Pero costó. Unos quince meses. El tiempo que aguantó ensartado de tubos en el Ambulatorio de la capital, recibiendo visitas a riadas como santo milagrero. Suena a chiste rechinante y esaborío, pero es tan cierto como que se mea hacia abajo: se le pedía a Valentino que lloviera, se le pedía a Valentino que escampara, se le pedía un novio, un borrico nuevo, o que no se muriera nunca y amparara con su santidad al pueblo. Y eso que por entonces el puñetero Valentino no tenía habla de palabra, ni sabía evacuar a sus horas y en su sitio, ni mucho menos hubo constancia de que remediara siquiera un juanete rebelde. No importaba, cuando hay ganas de incendios la chispa prende bajo un chaparrón y sobró con que alguno cacareara que tras la romería se tiró dos semanas sin cortarse afeitándose para que la costumbre echara raíces como verruga renegra y roída.

Enterrado Valentino, Mariano, el tonto de la cuadrilla, pidió tanda. Mariano, cada Pascua, durante las fiestas del pueblo, ganaba de calle la competición de mear caligrafías, hasta que al Valentino, por lo mismo se siempre, por lucir cascabeles de semental, se presentó al concurso y le birló los laureles con una meada de la que aun hoy hablan las mozas. No llegó a escribir las Sagradas Escrituras de pe a pa porque se quedó sin papel, que el linde contiguo pertenecía al cementerio y no era decencia cristiana asomar por el camposanto con el manubrio al aire. Mariano no recogió el envite del diluvio universal pero sí una tirria gorda hacia Valentino y de ahí vino que no pusiera pegas a empujarlo escaleras abajo. Pero matarlo era una cosa y que se muriera otra. Y Mariano, de tanto ver a Valentino entubado en el Ambulatorio, empezó a cagar flojo. Y un mal cagar trae una mala cara; todo era estar mustio, acobardado, tristón, y ponerse a llorar a moco tendido en cuanto que la conversación refería sobre fontanería y similares. Y la criatura no tuvo otra ocurrencia para aliviarse los malos remordimientos que confesarse a don Julián, el párroco, retratándonos a todos los mozos instigadores.

Y se nos vino don Julián a la partida de dominó con los galones de capitán general del mismo Infierno; «¡descerebrados!, ¡bárbaros sin Dios!, ¡bestias!, ¡que tenéis menos corazón que una alpargata!». A don Julián no se le podía matar. No había cojones. No por tener a Dios de su parte, que en eso ni quitamos ni amueblamos rey, sino porque el reparto celestial le había adjudicado unas manazas de pelotari vasco con facultad para excomulgar por vía de urgencia y sin intercesión del Vaticano.

Aunque no hay imposible sin rodeo que lo achante. Y nos trajimos al pueblo a Adelino, un seminarista con quien don Julián estuvo de carnes unos cinco años atrás. Partieron peras por cabezonerías de enamorados yéndose Adelino a misionear a tierras de gentes oscuras. Con la vuelta de su pareja de baile se nos aplacó don Julián —«que quién soy yo para cuestionar el instrumental con que Dios obra en la Tierra; y que cuando al Altísimo le apetece un rodar por las escaleras nubla el conocimiento de un tonto»—, pero no Adelino. El antiguo misionero estaba de gentes oscuras, calores y beber agua hervida hasta donde le cuelga a los hombres la mala educación, y con tal de regresar a tierras cristianas se habría apuntado a volver a las andadas con don Julián. El párroco, al no hallar ternuras abonadas, vino al casino a advertirnos que o Adelino le correspondía el viaje o volvería a pensarse el que alguien ruede por unas escaleras así como así.

A estas alturas, como ustedes ya habrán comprendido, estábamos bastante arrepentidos de haber despachado a Valentino, que ya no disfrutábamos de las partidas de dominó y que todo era un mirar acojonados hacia la puerta del casino cuando sonaba la campanilla de entrada. Pero en estas Adelino se mató. Una borrachera mal medida, una motocicleta vieja y la cuesta del Collar. Se nos puso el moscardón detrás de la oreja porque todavía no se ha inventado la casualidad que se peine con la raya en medio. ¿Y si Don Julián se había ventilado al misionero que le daba calabazas y pretendía endiñarnos los muertos habidos y por haber a nosotros? Que a tu padre no le puedes enseñar a hacer hijos, y nadie entiende mejor los ardides de Satanás que nuestra santa madre la iglesia católica, apostólica y romana. Era preferible citar al morlaco e intentar torearlo como se pueda a quedarte aguardando a que el bicharraco te embistiera por detrás, que las cornadas que te esperas matan igual que las traicioneras, pero tú pones la hora. Que no es poco. Desembarcamos en la iglesia escopetas en ristre y vigilando los flancos por si don Julián nos practicaba una excomunión envolvente. Y cual fue nuestra sorpresa cuando nos encontramos al párroco levitando de una viga de la sacristía, la cuerda de esparto tensa y los pies bamboleantes.

No soy el primero que lo proclama, pero me resisto a no darle viento: la vida parece inventada. Nos resistimos a aceptar ser cuento porque a las luces que nos puso Dios en las cabezas le cuelga un tercer cojón, o díganle vanidad, y parecemos achicados a piojo si admitimos que nos titiritean. Pero cuando se deshojan los años y ya no tienes edad, sino que la edad te tiene a ti, la vanidad también se va quedando en adorno engurruñado y recogido como el otro par, y quien no lo quiera ver que no lo llame ceguera. En fin, no hay buen contar sin su buen acabar; emborrachamos a Mariano hasta que extravió su escaso conocimiento y lo llevamos a la sacristía. A la mañana siguiente lo despertamos a grito pelado «¡asesino, malnacido, que has ahorcado al señor cura!». Confesó el crimen a la autoridad y cinco años después nos llegaron noticias de que también aprendió a levitar en presidio entre tormentos de contrición. Cuantos menos cabos sueltos, más mañanas contentos.








Laura Pannack

1 Comentario:

P MPilaR dijo...

La suya (de Valentino, vida), por ende, más reinventada...

Bss

Textos del CdC bien peinados


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