Paranormal Activity

Galán tose petróleos fumigados al pecho. Galán regurgita negruras. Galán escupe. Milenariamente y gris, se calza.

Algo sanguíneo rebrinca en el azadón que adorna la pared cuando Galán sale a la calle y el apero respira a secano. Engalanar empacha de sinsentido. Oficio huero de gentes modernas. O viejas y pensionadas.

Diluvia sol. Hierve la cal descascarillada. Se costran en tejas las quemaduras. Y los soportales, oquedades abrasadas de horno recién apagado, compadrean con el adversario. Hasta las polvaredas yacen, repudian los achicharrados remolinos. Naufraga de molicie el mundo. La calor triunfa en alud cansino. Y el runrún del silencio de la siesta deslumbra. Es como la pátina de las momias, aleteos de almas en féretros de entomólogo.

A Galán le mortifica caminar cheposo. Él, que fue tanto. A la revuelta de una esquina se detiene. Jadea. Las tripas del respirar, locomotoras flojas y saturadas de gallinas y ristras de ajos, deben soltar lastre. Galán tose. Galán regurgita. Galán escupe. La calor buitrea curiosa su pausa. Grazna desde las alturas y Galán aprieta el paso.

Antes, las siestas, se las fumaba del tirón. Ahora le acometen achaques de señorito: el dormir a saltos, esquinado, el susto a todo, las manos asfixiadas, el cavilar sin porqué, la boca estropajo, el no mirarse al espejo, la arena en los párpados. Algo le cuece la sangre. Algo malo. Que ni se va, ni se acostumbra uno a ello.

—La edad, Galán.

Marcial, el del casino, riñe con el tiempo. Las agujas del reloj de su local, reloj orejudo y achaparrado, han ensartado un instante. El cantinero soba el averiado cacharro como a mula malparidera. Quiere sonsacar a puro tacto en donde se aposenta el estropicio.

—¡Qué edad ni qué...! —bravea Galán y por un segundo se yergue. Se encorva en cuanto que los reúmas mandan firmes.

La gata coja gotea pasos sobre las colillas. Se muda a las sombras del casino. Desparrama su panza de pezones ariscos sobre el frescor de las baldosas, y atiende a Caicedo.

—Solo nos pasa el tiempo.

Con cariño meticuloso se lía el tabaco. En los labios el chicote del anterior, para que no aburra el intermedio. Caicedo se hinchó a catedrático en dos días. Cosa de un forastero que lo retrató y comentó que lucía perfil de pensador. De entonces le viene que hable.

—El idioma, en los pueblos, se usa. No se dice.

Hules pegamentosos y roñegridos arropan las mesas del casino. Moscas y chicharrones de colillas juegan su dominó en miniatura. El Cinzano destaca cual collado mesetario. Crujen en su idioma las sillas: chismorrean, rabian, se emplazan para saldar deudas y otras cuentas.

—Están de hermosas las mocitas que revientan jazmines.

La noche alberga sus propias penumbras; la claridad, las suyas. Las mantecas de luz que atraviesan el ventanal revelan el polvo que estuca el aire. Los moscardones forcejean en el vuelo. Escarban la tela de araña. Telegraman sus vidas a los cuatro vientos.

Llega Arévalo a su hora. Retaco y azuzado. No le enseñaron a crecer. Todavía les levanta las faldas a las mozas que se dejan. Se peina la calva y se lava los dientes cada dos días. Por oler bien durante el arrimo. Que los torpes arrimos traen las cornás.

—¡Buenas tardes haya pa tos! ¡Aviva, Marcial, que me trinca la prisa!

Marcial, con el reloj en la diestra, sirve un chato. Y dos. Y tres. El cuarto no cae porque Arévalo tapa el vaso con la mano.

—¡Ea! ¡Con Dios!

La cortinilla de la puerta pestañea a otra dimensión. Pero no se ha ido todavía Arévalo. Permanece yéndose un rato, desmenuzado en estelas de fotogramas. Emite su veredicto simplón Caicedo.

—Y eso viene siendo desde que Dios es Dios y Satanás diablo.

Galán se acoda en la barra. Suspira yeso.

—Marcial, ¿tú entiendes el rodar del mundo?
—¿Qué hay que entender?

Marcial a la suya. Zarandea el reloj. Pone atención a las consecuencias de su chachachá.

—Pues esto, Marcial. Lo mismo una vez y otra. Una vez y otra. Lo mismo y siempre.
—¿Qué hay que entender, Galán?

Pereda se allega a la barra. Pereda es parroquiano largo y tiznado. Estira el luto de la mujer. Se le fue de un repronto que le cogió a la altura del corazón. Al volver del funeral Pereda descubrió que le había crecido la casa. Casa de marqueses. Casa de ruidos. Casa engrasada de difunto.

—¿Se ha muerto la cuñada del Aparicio?
—No que se sepa —responde Marcial.
—Andaba liada en ello.
—Andará todavía.

A Pereda le gusta que se muera la gente. No se alegra, pero le gusta. De un seco manotazo, como el jaque mate del dominó, planta los cuartos que se deben sobre la barra.

—¡Qué mundo este!
—A ver el otro, Pereda.

Galán se arrima al ventanal. El jilguero martillea colores histéricos contra la jaula. La plaza descuadrada. El campanario enclenque de niño con mucha escuela, el nido de cigüeña coronándolo de espinas. La hembruna fuente. La bandera fea. Y la calor. Rediós qué calor.

Galán piensa que ahora Caicedo dirá: «en un bar se bebe y se está».

—En un bar se bebe y se está —dice Caicedo.

A Galán le vuelve lo negro. Su mal. Galán tose. Galán regurgita. Galán se aguanta el esputo. Se asombra de lo que no veía. El torpe relojero de Marcial, las tontás de Caicedo, la gata coja, la prisa palpitada en fotogramas de Arévalo, las moscas respirables, el luto acatarrado de Pereda, y esta calor con raigambre de olmo..., todo, todo perenne e hincado —como las dos raíces de un reloj roto— a un momento que arde.

El labio de Galán tiembla por la ocurrencia. Asusta el miedo que convence. El que se nos cuela por la cabeza.

—¿Y si fuéramos aparecidos, Marcial?

Marcial se rinde. Deposita el inútil reloj, ya adorno, sobre la repisa.

—Pues seremos.








Algis Griskevicius

Florido Pensil Interestelar



En el año 3015 d.C. España ha reverdecido laureles imperiales. Potencia hegemónica de la Federación Terrícola (FT) sus naves estelares surcan la galaxia y pedanías cósmicas, ora estrechando amistosos lazos con pacíficos alienígenas de todo pelaje y condición tentacular ora bajándole los humos aquellas otras traspuestas civilizaciones que no se nos arrimen con derechas intenciones.

Dado nuestro deprimente y extenso Pasado ¿cómo repámpanos se explica el papel alfa que España desempeñará en torno al tercer milenio? La respuesta se encuentra en un conjunto de leyes orgánicas promovidas por Miguel Salaverría i Montaner en los albores del siglo XXI: El Proyecto Caín.

Hay otros mundos pero están donde tú orbites

«Ríe y venceremos»

Se arrojó al vacío desde la azotea, pero no se precipitó ni un milímetro de azul tendedero.

¡Ea!

A los que sí les carburó el abajo fue a los pedruscos del lastre —como para no extremar las medidas después de 27 años dale que te pego consigo mismo—: se le resbalaron de los brazos, se despeñaron, y catacrok, a salpicar palomitas de maíz.

Pero él no, él no cayó ni un milímetro de azul sabaneado de bragas y mantelerías.

Acto seguido vinieron los hormigueos. Los dedos índices apuntando hacia arriba. Los si estaba en sus cabales. Los si era propaganda. Los si se aguantaba allí por joder a Dios o al Diablo. Los bomberos. La policía. Dos ambulancias. Unidades móviles de carroña. Y los habituales yutuberos del barrio con telefonitos de mira telescópica.

Lo descendieron 30 o 40 vecinos jalando de una cuerda que sujetaron a su tobillo. Al ritmo de un cumbayá guitarrero con el que un padre-jeringuilla jipiosete quiso contribuir al rescate.

Qué ridículo.

Cuando criajo, recitando el Romancero Gitano, en un festival de fin de curso, ante una sala de actos abarrotada, se le escapó un cuesco cascabelero. Y el maldito aire retronó dopado por la acústica del recinto como adelanto de la Apocalipsis por venir.

Pues en esta ocasión peor.

—¿Te has no caído antes? —le preguntó una muchacha china con una bufanda de Bugs Bunny al cuello.

Había jalado la que más. Las palmas escupidas y el culo apretao. Y era taponcilla y nerviosa. Nerviosa no de estarlo. De serlo. Que los nervios le venían de nacimiento. Como los ojos rendijas de limón, o las manos toqueteadoras que todo se lo follarían, o la boca de pescado, o las tetillas para adentro, o los leotardos arco iris de trapo, anchotes, para que hagan vela y den fresco.

—Y tú, ¿no sudas con esa bufanda?

La muchacha china tampoco respondió. Pero porque había currele. Aplacó a los policías con güisquis malabares y dispersó a los curiosos a base de coscorrones ninja. Lo montó en su seat panda y lo sacó del follonaco. Y a unos periodistas en vespa que no quisieron soltar el hueso los descalabró con calderilla de la de antes: donde ponía el ojo, ponía la peseta.

No hay tristeza rota que no arrulle un motor y la muchacha china condujo y condujo y condujo hasta que a la noche se le hincharon los cojones: «¡que son las tantas traspuestas, y que una tiene sus horarios, me cago en san Dios, que de dos hostias os curaba yo la tontería y os ponía derechitos como un campanario, recoño, que no tenéis edades para estas paverías!». Aparcó frente a los limoneros de su casa china. Y lo invitó a subir.

—Es que...
—¿Que qué?
—Que tú no me conoces, muchacha china.

Ella se deslizó la bufanda del cuello y mostró la carne ardida en esparto de un collar-cicatriz.

—Te conozco.








Lauren Withrow

La ventana indiscreta

Tienes
ojillos de ángel.

Miras
como deberían mirar los ángeles.

Sin embargo,
vives en la calle Borbón,
número 11;
cada mañana te despierta Catalunya Radio,
practicas pilates rayada de Nikes
en tu balcón estelado,
desayunas especial K,
agarras tus libros de periodismo
forrados con eslóganes podemitas
y sales escopeteada en tu bici verde
sin recoger los tangas rojos del tendedero.

Qué bien te resbala la vulgaridad.

¿De verdad,
que no eres un ángel?








Flávio Damm 

Enlarge your pennis

El agosto pasado se me fue Adela.
En este día del profesor quiero dedicarle dos textos antiguos.
Por acompañarme toda una vida. Por fusilada valiente.

«Tanto monta, monta tanto el Wyoming como Losantos»
Adela C.

Un mal profesor de literatura nos dura toda la vida

Estaba solemne. El pescuezo derecho como podenco encaramado a cátedra, los oídos estirados a las cuatro direcciones, el ojo fino y las uñas higiénicas y fronterizas: engalanado de postura. ¿En qué queda un hombre que no se ahonda la vigilante postura?, decía. Convidaba a los mozos a viento fullero y peleón y les romanzaba plegarias para espantarse el discurrir. Reía con horario, tarifa y picaporte, y se tenía en pie como los fusilados cobardes, los que codician haber ganado la guerra.


Un buen profesor de literatura nos acompaña toda la vida

La sonrisa barata, jilguera y colorina, los zapatos remendados, la pernera revuelta y el sudor sin componer mapas en sus sobaqueras. Su novia le dijo que sí y casaron rápido —porque la vida es asunto de un rato— y mientras unas calenturas se la estaban llevando le dejó este mandado: «atiende, te quiero siempre barato, jilguero y colorín, si no rabio en la tumba». Ya de viejo se sentaba a la fresca del Casino y repartía a los chicuelos silbos, soniquetes y coplas que embobaban y ponían tiernas a las mozas. Con las primeras anochecidas ajilaba a casa. Liaba tabaco para entretenerse el transitar y se tenía en pie como los fusilados valientes, los que se saben fusilados gane quien gane la guerra.








NANCY FOUTS

Paisajes y paisanajes

Paisajes y paisanajes