3/28/2018

Cierto decalaje emocional: las insípidas bragas de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena

Vivirse conservando todos los puntos del carnet.
Sin viajar el extravío.
Sin añadir balas extra al revólver.
Sin igualar la apuesta del carmín corrido.
Mecanografiar culitos de bebé en cada sobo.
Y que la policía apalee manteniendo el tratamiento de usted.
Una ruleta rusa para Epi y Blas.
Un sadomaso de chuches y Nenuco.
Aguado el vocabulario sexista hasta porcentajes no gravosos para la convivencia.
Entre el Big Bang Theory y la clase de pilates.
Delicadamente riñonados.
Melodiosamente jadeantes.
Y sudorosos dentro de los parámetros «higiénicoafectivos» estipulados por los apóstoles de Oprah.

Y cuando van y lo consiguen
—los que lo consiguen—
tienen la desfachatez,
además,
de pedirle
sabor
al amor.








Juan Manuel Diaz Burgos

3/23/2018

El Fin del Mundo de cada día (fragmento II)

El Fin del Mundo siempre moró entre nosotros. Tenía su residencia oficial en la periferia. En Cañada Real, las favelas de Río, Bombai, el Haití devastado por los seísmos o los campamentos de niñas preñadas de Boko Haram. Sin embargo, era tan fea y espantosa la periferia, tan vieja desdentada, rijosa y lasciva, que no nos atrevíamos a recalificar su chabola como terreno urbanizable. Nuestro orondo tiempo libre solicitó presupuesto al equipo de dirección artística y edificó una clínica de psiquiatría estética, tipo Walking Dead, donde los guionistas milimetraban la visibilidad femenina, no se proferían insultos racistas y se mandaba acostar temprano a los personajes infantiles. El Fin del Mundo —el mercadeo de chicha infantil, la lepra drogata, las pateras enfangadas de orines, el sardineo de los refugiados, la famélica hambre...— callaba y escuchaba esas historias asqueándose para sus adentros.

Murió nuestro orondo tiempo libre hace décadas, macilento y desnutrido. El globo terráqueo es ahora, de Norte a Sur, periferia. Y cual celestina matusalena, puerca, artrítica y desvergonzada, vuelve a apropiarse de las historias.

Al igual que en los albores de la Humanidad.

Reencontrarme con grandes espacios urbanos pasto de la devastación me ha sentado como una patada en la boca del estómago recién levantado. En lo rural la muerte hace raudo mutis por el foro; los montes, la maleza, la arboleda barajan y reparten pronto nuevos naipes. En los ámbitos urbanos, en cambio, la devastación queda expuesta como ese desagradable y tozudo cadáver que no termina de morirse, que no desaparece ensartado por raíces y que, exhibiendo fragmentarias calaveras y puzles de tibias, sobreactúa su consabido final.

Cuánto aguanta viva la muerte. ¿Será ella el verdadero puto amo? ¿Y para perpetuarse concede la existencia que luego, a pizcas dosificadas, arrebata?

El salitre campando a sus anchas ha corroído los colores de los paseos marítimos con la constancia oxidativa del matrimonio. Rótulos y anuncios tartajas me incitaban a adivinar las postreras campañas publicitarias que conoció el planeta Tierra. Coca Cola, Nike, Adidas, Benetton, son ya putas sifilíticas y desdentadas, obligadas a ofrecerse por muy debajo del precio del mercado.

El anciano acarreando basura en que se ha convertido el Mediterráneo seguía enfrascado en su decrépita chifladura y por las playas no cabía ni un decimal más de síndrome de Diógenes. Plásticos, contenedores, barcos, chapapote de inmundicia que las olas apretujaban contra la costa.

En las zonas elevadas los bloques de viviendas, vanos desabrigados, semejaban oquedades oculares, muros de calaveras por cuyas cuencas ululaban ventoleras macabras que esculpían la ruina. Y la hacían reír siniestramente.

Los espontáneos derrumbes de paredes y restos de cristaleras, los ladridos encolerizados, las letanías de mugidos bicharracos, no alteraban el bullicioso runrún del metal achatarrándose.

Hierros descarnados de hormigón se espigaban como zarzales entre los montículos de escombros. Paredes derretidas al sol. Piezas de Lego que un niño gigante, lupa en ristre, torturó.

Las calles y aceras que aguantaban horizontales aparecían perforadas en carne viva por matojos. Picahielos blandidos por una Naturaleza de bajos fondos, canalla, cochina y arrabalera, cuyo pasado mafioso ilustre había quedado reducido a matarife low cost.

El nublado ceniza era vertido al cielo desde los edificios. Vapor de ruina. Degradación esparcida cual uniformidad presidiaria impuesta a una población reclusa.

Esa vejez perpetua del derrumbe.
Esa aniquilación morosa.
Esa bomba atómica a paso de caracol.

Impulsado por la costumbre intenté rapiñar, mi Coja, pero las casas se me hacían atestado sarcófago, latifundios de polvo grumoso, hecho ya puré de huesos. ¿Espabilar recuerdos aletargados y arriesgarme a que bracearan igual que bebés asándose dentro del coche aparcado al solano?

En cualquier caso no podría socorrerlos.
Entiéndelo, sus padres pagaban otra ronda en el bar.








Faraz Pourreza Jorshari

3/21/2018

Tanto desmonta, desmonta tanto, Isabel como Fernando

Mariposas aletean motosierras
en plazoletas de magma quinceañero.
Retumba una espesura de sala de máquinas profunda,
de domesticados sin futuros,
y con narices de payaso, sus sombras,
abaratan el impulso de la prostitución.
Se aguantan las horas en calor,
sudadas como bragas bien bailadas,
y los colmillos de los niños
aprenden idiomas comprimidos por la edad.
Definirían sin motivo
y, en consecuencia, sin motivo matarían.








Vladimir Milivojevich