Mi paladina

Me amasas el espíritu santo con tempo panadero. Artesana y relamida. Luego, con su catálogo de venas marcadas en relieve, te restriegas lo florido del capullo cuanto quieres y dos poquitos más de propina. Una vez me hice un trío con unas tortis. Pues lo de ahora clavadito a aquello. Mi cigala y tú follando, y yo, convidado de piedra, esperando tanda en la cola del pan.
Te digo
que quién te enseñó eso.

—Mi vieja, cuando cría, para que los clientes no me dieran de sí el chichi. ¿Te gustó?
—Alucino. Si fuera un perro se iba contigo.

Ríes gajos de naranjas.

—Sí, entiendo muy bien las pollas.
—¿Los hombres no?
—Los tíos sois más liosos. Pero una polla tiene mucho de hembra. Las pollas son nuestras. Las lleváis vosotros, pero son nuestras.

Fuera arrecia la tormenta.
Por excluida
y forastera.
El suelo debe estar helado. Pisas de puntillas, como si quemara. Un mimito al gato, que lo tenemos muy abandonado y un vaso de agua para los geranios. Estás en todo. Lo impregnas todo. Como esos risueños fantasmas que aroman una casa y, por la noche, vienen a tu cama y te empalman.
Te digo
que te faltan mantecas,
que cuando cojas unos kilitos me caso contigo.

—Los cojo pronto. En cuanto que estoy un par de semanitas sin meterme.
—¿Cómo lo llevas?
—Bien. A ratos. Depende. Fatal. Bah, ya sabes cómo va esto. Por suerte no me entalegaron cuando la bronca. Dentro la hubiera cagado.
—¿Qué bronca?
—La Ramba, que estaba yo en el parque con mi pitufina, de trapicheos, y como no quise fiarle el pico la llamó mongólica, la hija de rata, y me encendí, y pillé un casco de litrona y le quería vaciar de mantecas. Un mal volunto de la hostia porque asomó la madera y me trincaron con todo el material a cuestas. Pero se enrollaron.
—Porque te enrollarías tú antes.
—Coño, claro, no lo iban a hacer por su cara bonita.

Todos habitamos la única patria cuando truena. El último estruendo, marimandón y alcantarillero, te alerta. Acudes al ventanal con el gato hecho perro. Pisa por donde pisas y se refrota entregado contra tus tobillos. Anhela tu pellejo de hembra sabia. Recuperar lo felino que le quitas.
Te digo
que conmigo no hace eso.

—Los gatos también tienen mucho de polla.
—Para ti todo son pollas.
—Todo no, lo que no entiendo no.
—Escribe eso, tía.
—Si lo escribiera dejaría de entenderlas. Te digo que tienen mucho de hembras.

Te sienta como un guante estar desnuda. Sonríes con la carne. Siempre me pareciste secaja y arisca. No comprendí los arcanos
de tu sonrisa hasta que te vi en pelotas.
Te digo
que te estropea el culo ese tatu de la Pitufina.

—Lo odio, aunque a mi pitufina le chifla. Se tira ratos pasándole el dedo.
—¿Te reconoce?
—Qué va. Bueno, al tatu sí.

Frente al ventanal, encarada a la tormenta, ondeas el gallardo estandarte de tu coño. Has reclamado el señorío de este feudo, sus lindes, sus gentes y sus almas, y has acudido presta a su defensa. Pero la tormenta no recoge el guante. No arenga a sus huestes. La tormenta truena con el rabo entre las piernas.
Te digo
que te vengas a vivir aquí.

—¿Y qué hacemos con mi pitufina?
—Te la traes.
—¿Y con Berto?
—También. No soy celoso. ¿Y él?
—No se entera de nada desde el piñazo de la moto. Come y caga, punto.

Pillas la piedra de costo y te vienes a la cama. Lo lías, lo prensas, lo petas. Me lo pasas pellizcándote hebras de tabaco de la lengua. El gato aprovecha para acurrucarse en tu regazo. Te infinitas acariciándolo.
Te digo
que en qué piensas.

Me sonríes
y el mundo pide otra ración de órbitas.

—¿A que la vida es guapísima?

Fuera rabia la tormenta.
Por excluida
y forastera.








1 Comentario:

lichazul alqantar dijo...

Todos habitamos la única patria cuando truena

lapidariamente certero
buena jornaa

Textos del CdC bien peinados

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