Adelaida, la del Pilón: lo que no sana, arregla

Adelaida, la del Pilón, se quedó para vestir santos, pero entre un ingenio despierto y no muy encajado en su molde, cuatro estampas recortadas del revistero de la peluquería y un viernes de no medirse con el aguardiente, la lió parda. A base de guiñapos, calandracas, paños tutifrutis y retales chatarreados de las colchas de las abuelas puso a la imagen de Santo Domingo de Raíles que haría saltar piadosas lágrimas a la mismísima Ágata Ruíz de la Prada. En don Braulio las lágrimas fueron de otra variedad, porque el pobre párroco, cuando descubrió el espantajo, le sacudió un síncope en el altar mayor y allí quedó: estatua en pasmo sobrecogido por la impresión.

De esta forma echó a rodar el cuento.

Como el patatús a secas tenía poca chicha que referir, algunos y algunas, con tiempo para entretenidas, o con afanes de asomar cuello y apropiarse del acontecimiento, se dispusieron a cebarlo: «que a don Braulio le vino un arrobo místico de los que dispensa el Vaticano y que el espíritu en persona se le encaramó a los cielos, donde lo recibió el beato Domingo, vivito y santificado; y que en dos trámites nuestro patrono apañó una vista gorda para los pecados del pueblo, hechos o por hacerse; y que no conforme con eso, y mientras la pareja se paseaba por los vergeles celestiales conversando como compadres bien allegados y avenidos, don santo Domingo le fue chivando a la oreja a don Braulio los números de la lotería agraciados en el venidero futuro; quinielas, bonolotos, onces, primitivas, rasca y gana, con vistas a que a la vuelta a su carne los repartiera entre los naturales de Raíles. Ah, y que las manos agarrotadas que mostraba el don Braulio-estatua frente al altar mayor provenían de eso, de las cuantísimas hermosuras que en espíritu estaba admirando por aquellos paraísos y no poder siquiera pellizcarlas».

—¿Y la boca torcida?
—De atrabancarse y no conseguir traducir a palabras tantas maravillas, Pascual.
—¿Y el ojo engurruñado?
—De cegarle los resplandores y las luminarias celestes, Pascual.
—¿Y la nariz arrugada?
—De extrañar la olor a gloria bendita, Pascual.
—¿Y la cara de mala hostia?
—¿Cuándo ha tenido don Braulio otra cara, Pascual?

Al tercer día de no moverse, Anselmo, el de la tahona, cometió el disparate de dar aviso a los de la capital, que se personaron con sus doctores y anunciaron el traslado de don Braulio a una residencia mental. Pero eso sí que no. Don Braulio era del pueblo como la loma Los Corrales o las ronchas que te alquitranan el pito si te bañas en la charca Margal. Y no lo tocaba ni Cristo resucitado. Y a pesar de que costó cuatro años y veinte riñas a perdigonazos dilucidar si la linde del arroyo se marcaba con mojones pintados de verde o amarillo —que al final la linde se quedó sin marcar, que eran ya muchos sentidos pésames a deudos— en el asunto don Braulio, para sorpresa de propios y extraños, no hubo disputas ni se cruzaron palabras feas: el pueblo entero se alzó como una sola voz.

—¿De quién es don Braulio?
—¡¡DEL PUEBLO!!
—¿Quién nos lo va a quitar?
—¡¡NI DIOS!!

A los que se allegaron a pedirlo con educación se les avió con educadas pedradas y para cuando desembarcó la guardia civil, los vecinos, todos a una, agarraron a don Braulio y se hicieron fuertes en el ayuntamiento.

—Lo que buscan esos forasteros es trincarnos a don Braulio. Para que cuando el párroco vuelva a sus carnes, cargado con nuestras prosperidades, se sienta forastero de nacimiento, como ellos.
—¿Don Braulio se olvidaría de que nació en este pueblo?
—Les lavan las cabezas, Pascual, los de ciudad tienen champuses que lavan las cabezas.
—¡Satanás no descansa!

La guardia civil cercó la casa consistorial, pero recibió instrucciones de no emplear la fuerza.

NEGOCIADOR DE LA BENEMÉRITA: (Megáfono en boca) ¡¡¿Pero no comprenden ustedes, almas de cántaro, que ese hombre necesita ayuda médica?!!
—Ese hombre está muy bien donde está. Cuando retorne a sus carnes ya decidirá él en qué letrina quiere cagar.
NEGOCIADOR DE LA BENEMÉRITA: (Megáfono en boca) ¡¡¿Y si no vuelve?!!
—En ese suponer, aguantaremos.
NEGOCIADOR DE LA BENEMÉRITA: (Megáfono en boca) ¡¡¿Y si se les muere?!!
—¿Morir?, ¿de qué se va a morir?
NEGOCIADOR DE LA BENEMÉRITA: (Megáfono en boca) ¡¡Ustedes, ¿qué le echan al vino?!!

El oficial al mando estimó, con buen tino, que puede más un tonto entretenido que una yunta de bueyes, y que como ordenara un abordaje, allí se organizaba otro Lepanto. Conque prefirió desmontar el chiringo, empaquetar los bártulos y dejar que las cosas se pudrieran por maduras.

NEGOCIADOR DE LA BENEMÉRITA: (Megáfono en boca) ¡Nos vamos yendo! ¡Hagan ustedes lo que les salga de donde mean!

Los vecinos regresaron a sus casas y establecieron turnos para la custodia de don Braulio; iniciándose así la estación de penitencia del párroco elevado a los altares en vida —o vida traspuesta—. En arrobo extasiado lo subieron al palomar del Gandía, en arrobo extasiado lo bajaron a la huerta del Menéndez, en arrobo extasiado lo acomodaron en la rebotica, en arrobo extasiado lo perdieron cuando Perico se emborrachó en el ventorrillo y en arrobo extasiado lo recuperaron encamado con la Lucía, la estanquera.

—Por darle calor, que el relente resulta criminal.

Para la primavera llegaron las fiestas de Cornalejo donde se rifaba tentarle las tetas a la Madariaga y a quien echara la meada más larga se le obsequiaba con dos turrones. Esta y otras ferias a la redonda atenuaron la acometividad de los lugareños y en apenas cuatro meses don Braulio pasó de ser emblema de Raíles por el que había que derramar hasta la última gota de sangre —«y quien lo agravie está mentando a nuestras madres»— a cachivache esaborío que estorba lo pongas donde lo pongas.

Por Pascuas las autoridades de la capital averiguaron que el párroco permanecía en el lagar del Julián. Lo rescataron sin alborotos, con las sirenas apagadas, por no volver a destapar la tontería del pueblo, y lo ingresaron en un centro de salud mental.

Adelaida, la del Pilón, la mocita vieja que desencadenó esta verbena, quedó iluminada en las bocas de las gentes, y aunque no contrajo matrimonio y siguió vistiendo santos hasta el acabose de sus días, merendó todo lo que quiso y más ya que se propagó la especie de que su chocho era milagrero y enmendaba cualquier dolama, desde los peores reúmas —los que aprendieron a leer— a la artritis de la vista, las muelas podridas o las almorranas rebravas. Incluso le traían sementales y garañones de toda índole —vacunos, bovinos, cabríos, equinos…— con escasa afición al juntamiento, no para que ella los catara, por Dios, que ser brutos no significa ser salvajes, pero sí para que les tentara las colgaduras, les hiciera sobre ellas la señal de la santa cruz y se las dejara bendecidas para el siguiente envite.

A mil duros llegó a cobrar el sobo y la persignación, oigan. Un Potosí para la época.








Cristina García Rodero

2 Comentarios:

jonhan dijo...

Jajajajajaja, ayyy.

P MPilaR dijo...

**no sé, como en nubarroncico premestrual semanas santas al caer,
no quedó claro
por atrabanqueamiento
si eran puras gordas amatistas
que al mosen Braulio le escolgaban de la boca
o si era pecaus de pito y raya
a escaso palmo del co//lon
No, que no sé .

bss

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