¿Qué caos sobrevive a un índice?

1. Me sonríe mi pena
          1.1 Reímos a raudales mi pena y yo
          1.2 Aprendí caligrafía y me unté en el trayecto
          1.3 Recuerdo también un par de cariños para toda la vida
          1.4 Y un gato
          1.5 Y Madrid

2. No me sacia el agua, quiero sed
          2.1 Y padecí amor
          2.2 Me preguntó si creía en el amor
          2.3 Respondí en defensa propia
          2.4 Yo en lo que creía era en follar con la mujer que amaba

3. Alejaron la distancia
          3.1 Abracadabra, el internet
          3.2 Salimos de las cavernas para cavernar el umbral de una pantalla
          3.2 Palabreé para una productora audiovisual
          3.3 Tiempos aquellos donde las vacas gordas comían ternera
          3.4 Yo comía cocaína y cagaba dinero
          3.5 Me encontré un hijo
          3.6 Y otro gato

4. El glacial que atropella
          4.1 Hay tipos a los que la locura les sienta como un guante
          4.2 A mí la cabeza me comió por dentro
          4.3 Me lo confesaba mi sepulturero durante las pesadillas: ¿epifanías?, las del cementerio

5. Permítame que me extienda
          5.1 Aquí aguanto: oficio de todos
          5.2 No me engaño con psiquiatrías estéticas ni trileros índices
          5.3 ¿O sí?








2 Comentarios:

miss desastres dijo...

joder.....

Autógeno dijo...

Eso mismo digo yo... ¡copulación!

Para que luego presuman por ahí algunos relamidos nocilleros de cultivar los transgéneros literarios. El formato, más postmoderno (o post mortemiano) imposible; el contenido, demoledor en un sentido semántico de alcance casi universal: ¿qué varón heterosexual a quien los gusanos no le hayan roído el corazón no se reconocería en axiomas del tipo «yo en lo que creía era en follar con la mujer que amaba»? Y por otra parte, ¿qué sesudo sociólogo no sentiría envidia por un diagnóstico tan certero como el que postula que «salimos de las cavernas para cavernar el umbral de una pantalla»?

Como resumen biográfico, la eficacia narrativa de tu índice me recuerda a esas rápidas líneas de Catalina de Erauso, la monja alférez, que aun a riesgo de agotar la paciencia de tus lectores no me privo de citar para satisfacer a los más curiosos:

«Señor, todo esto que he referido a V. S. Ilustrísima no es así. La verdad es ésta: que soy mujer, que nací en tal parte, hija de Fulano y Zutana; que me entraron de tal edad en tal convento, con Fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de su señoría Ilustrísima».

Me despido, al fin, engastando una pepita de confesión en la tuya, pues ¿acaso no es locura, locura de verdad pura, sentir la realidad con la exactitud de un guante roto limpiando letrinas?

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